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Diputación Provincial de Cádiz |
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Travesía del
Manglar
Manuel Báñez |
| En cierta ocasión me comentaba el artista por teléfono su propósito de encabezar la presente exposición con el nombre genérico de "Manglar", en alusión al título de una de sus obras expuestas. Inmediatamente me inundó un "mar" de sugerencias. Y es que el manglar (mangle caribe) refleja perfectamente la producción y casi diría la trayectoria artística y vital de Lolo Pavón. que he tenido en suerte seguir y a veces, incluso compartir con él. Manglar suena a mar, pero también a tierra (aunque no a tierra firme sino fango, limo, ciénaga). Manglar como caldo de cultivo y criadero, donde las sensaciones son duales y cambiantes por naturaleza: tierra/mar, dulce/salado, vida/muerte... En efecto, el manglar es escenario del drama de la vida, donde unos nacen, pocos viven y muchos comen y son comidos. Es lugar de tránsito y como el mar, tiene siempre ese punto de tragedia. Sólo los aventureros inician su travesía. Lolo Pavón es uno de ellos. Como el manglar, nada en su pintura es lo que parece: el color es dulce, el sabor amargo; su camino es a veces recto y luminoso como Strawberry fields forever, a veces tortuoso (Walk on the wild side) y lleno de "raíces", corrientes, laberintos y fetiches. Atrás quedan islas e islotes, quedan Van Goghs, Picassos, Munchs, Matisses, Modiglianis, Chagalls, Dufys, Dubuffets, GPVs y otras ínsulas nutritivas y fértiles donde el artista ha recalado para tomar fuerzas y otear el camino a seguir en la encrucijada. Ha ido sembrando el manglar de obras que -como las semillas del mangle- se clavan al igual que flechas en el fondo de la ciénaga... y de su vida. Estas semillas enraízan, se retuercen hasta alcanzar la superficie y ver la luz salvadora. Allí esperarán impacientes los pájaros, los insectos y las alimañas que pululan por las entrañas del Arte. A estas alturas, hablar precisamente de Arte siempre resulta un tanto peligroso. Hay que andarse con pies de plomo en terreno pantanoso. Más si cabe cuando los que hablan son los propios artistas. No hay arte inocente, sólo a veces la mirada es inocente. El arte carga tras de sí toneladas de literatura, una enorme mole de justificaciones en un mundo donde no parece encontrar su sitio. Desde finales del siglo XIX este sentimiento de "mea culpa" lo arrastran los artistas modernos consigo, como el maléfico castigo de Sísifo. Van Gogh -que por cierto, es excelente escritor- reflexionaba en una de sus cartas: " ¿ Qué es dibujar ? ¿ Cómo se llega ? Es la acción de abrirse paso a través de una pared de hierro invisible, que parece encontrarse entre lo que se siente y lo que se puede ". Atravesamos pues, la pared. Asistamos al festín con hambre de Carpanta. Lolo Pavón nos propone su peculiar isla de los fetiches: pintura que deben ser vistas y oídas. Estalla en sus obras una explosión orquestal de color sentido que al decir de Gaudin, no podemos entenderlo sin tener en cuenta ese carácter enigmático, no para definir la forma (dessiner) no para producir sensaciones musicales que de él emanan, de su potencial interno, su enigma... No en vano Pavón también cultiva su faceta -intima- de músico. Esta vinculación de color y música viene de lejos; en la antigua Grecia se decía de un tipo de escala musical (gelos), desarrollada por un amigo de Platón, Antiquistas de Tarento, que era cromática. Pero como en el querido Carnaval, la obra de Lolo Pavón está no sólo atravesada por los imperativos del color-música sino también por sus letras, esto es, sus títulos llenos de ingenio, ironía y humor. Éstos configuran el alma-mater de la mayoría de sus cuadros y esculturas, que a modo de cordón umbilical inducen al espectador a entrar en el juego que nos propone. Y no es broma hablar de juego cuando nos referimos al mundo "divinizado" del arte. Ni tampoco de humor e ingenio ( no al menos desde Duchamp. José Antonio Marina en su ensayo "Elogio y refutación de Ingenio" nos recuerda cómo, por ejemplo, la Gestapo tenía un "departamento" especial para vigilar la obra de ¡¡los humoristas!! y que incluso un pintor tan amargo y tremendista como Francis Bacon llega a reconocer solemnemente a sus amigos etílicos en una conversación de barra: " En nuestro tiempo, el arte ya sólo puede ser un juego ", inquietante reflexión sin duda y creo sinceramente que el hosco y mofletudo irlandés sabía lo que decía.
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