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Hay artistas que consiguen fácilmente elaborar un universo propio, un mundo personal e
intransferible en el que se mueven y comunican a través de un lenguaje de símbolos
único. Cuando esto ocurre, decimos que la obra de tal o cual artista es inconfundible,
que no es difícil reconocer que este cuadro o aquella escultura han salido,
indudablemente, de la labor creativa de sus manos. Si, además, estas cualidades se
cumplen en el caso de un artista joven, entonces no queda sino descubrirnos ante el genio
que, a buen seguro, aguarda expectante en su
interior.
José Antonio Chanivet es sin duda uno de estos casos. Que es un joven artista es algo que
salta a la vista, sólo hace falta conocerle un poco para percibir la frescura que emana
de la gente joven que siente ganas de hacer algo interesante; que es una semilla que
madurará produciendo
un gran artista, uno de esos con una manera personal de decir las cosas, también resulta
algo más que evidente. La obra de Chanivet se nutre de elementos que la hacen
manifiestamente reconocible, a poco que hayamos contemplado algunos de sus cuadros: la
constancia del blanco y negro, el uso reiterativo de la estampación, la repetición de
los motivos que se reparten por la tela en blanco, el blanco...
Si en la semántica del color el blanco es la pureza, entonces la obra de José Antonio
Chanivet es admirablemente inmaculada. ¿Podría alguien oponerse a este baño de pureza
con que nos invita este joven artista gaditano en esta exposición? Imagino que no.
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