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Diputación Provincial de Cádiz
Fundación Provincial de Cultura
SALA RIVADAVIA

Los sucesos de Casas Viejas
(Cádiz 1933)

     

    

Preparativos en Casas Viejas

Jerome R. Mintz
de su libro "Los anarquistas de Casas Viejas"

         
          

A finales de 1932, el centro obrero de Casas Viejas convocó nuevas elecciones de representantes. José Monroy estaba contento de dejar de ser presidente , y se nombró a Francisco Gutiérrez Rodríguez, un campesino apodado Currestaca, como su sucesor.

José Monroy: Currestaca era muy tosco. Quería que continuara como presidente. Yo había terminado mi misión de seis meses y tenía que ganarme el pan. Los asuntos del sindicato ocurrían de noche y, de noche, tenía que cuidar las cabras. Como no tenía tierras, tenía que meterlas furtivamente en tierras ajenas para que pastaran. Por eso le dije: "Te aconsejaré, y tú nos representas; pero yo no puedo hacerlo, porque tengo que ganarme la vida".

Sin embargo, los acontecimientos de enero de 1933 se produjeron tan rápidamente que Monroy se vio forzado a permanecer como líder del sindicato.

Hacia finales del año, el delegado del comité de defensa nacional del distrito de jerez trajo noticias de los planes para el alzamiento. (...)

Mientras las noticias de la radio informarían a los hombres en las ciudades sobre cuando ir a la huelga, los de las poblaciones más pequeñas, al tener menos acceso a la electricidad, deberían confiar en la evidencia visual, como habían hecho las generaciones anteriores. En una clara noche andaluza, los pueblos y ciudades de la parte sur de la región, situados en las cimas de las colinas y junto a la costa, son tan visibles como las distantes estrellas. Las luces serían la señal para alzarse. Manuel Llamas explicó: "El plan era cortar los cables de alta tensión de Jerez. Cuando se apagaran las luces, sabríamos que el movimiento había triunfado, por lo que empezaríamos en Medina". Con las luces de las ciudades apagadas, los hombres de Medina Sidonia enviarían una señal a los de Casas Viejas encendiendo una hoguera en el castillo en ruinas que se hallaba en lo alto de Medina Sidonia.

José Monroy: Sopas trajo instrucciones para la revolución que estaba a punto de empezar. Me dio las órdenes: debíamos empezar la revolución cuando dieran la señal de Medina. Lo supimos con más de cuatro días de antelación, pero no hicimos nada para prepararnos. No había nada que preparar. Todos los hombres tenían armas, porque todos vivíamos de la caza. Sólo esperábamos la fecha definitiva. Provisionalmente, el día once saldríamos a la calle.

No estoy a favor de la violencia. Pero si alguien te está estrangulando, tienes que emplear la fuerza para detenerlo. Si hay que hacerlo, se hace. Pero nunca me gustó la violencia.

Los otros miembros del sindicato no sabían nada de los planes. El comité de defensa puso especial empeño en mantener silencio respecto a estos asuntos en presencia del impetuoso Gallinito. En opinión de José Monroy, "no sabía nada. No se merecía nuestra confianza. Podía hacer alguna tontería y provocar nuestra perdición". (...)

La noche del 8, en Madrid, Arturo Menéndez, director general de seguridad, convocó una reunión de los jefes de la fuerza de seguridad y decretó órdenes severas:

Acababa de estallar un movimiento revolucionario de carácter anarquista, de extraordinaria violencia, que pudiera poner en peligro a la república, lo cual obligaba a la fuerza a emplear la mayor energía frente a todo acto de rebeldía que se presentase y que en consecuencia se empleasen las armas de fuego sin contemplación alguna contra aquellos de los revoltosos que las empleasen a su vez contra la fuerza y que culminase este rigor contra los que atentaran con armas o materias explosivas contra los agentes de la autoridad o realizaran actos de sabotaje en los servicios públicos. (Diario de sesiones de las Cortes Españolas, 15 de marzo, 1933, nº 311, pp. 118-127).

Las órdenes eran insólitas, pues normalmente se aconsejaba a las fuerzas de seguridad que evitaran emplear sus armas para apaciguar brotes de violencia pública, excepto en casos extremos. (...)

Los ataques anarquistas fueron un fracaso desde el principio. Aunque hubo escaramuzas sangrientas, estaban muy lejos de formar un movimiento revolucionario. El pueblo en general, en vez de responder a la llamada a la revolución cerró sus puertas.