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Diputación Provincial de Cádiz |
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La ética -
Estética de Carolina Ferrer
Tomás Boned Aldás |
| "Un cuadro muestra un suceso que le ha sucedido a alguien
y que le sucede a quien lo mira" María Zambrano Hay dos aspectos en la obra de Carolina Ferrer que me interesan sobremanera: su filiación romántica y su dimensión existencialista. Y en consecuencia, su carácter ético. Ambos aspectos, más allá de la evolución formal y de la progresión artística de su obra, constituyen un núcleo duro, constante que da sentido y coherencia a lo largo de estos últimos años. El lenguaje simbólico de ascensión y de mutación va ligado a ambas constantes: laberintos, ajedrezados, torres, árboles en sus anteriores entregas ( "La ciudad dorada" y "El oficio de vivir"), en el que el simbolismo ha ganado en complejidad sintáctica, en riqueza y libertad: en madurez creativa. El símbolo se ha hecho menos arquetipico, menos icónico y ha ganado en riqueza combinatoria y narratividad, en tensión y movimiento. Si se puede decir así, Carolina Ferrer ha pasado de su Renacimiento a su Barroco, en el plano de la expresión. Y siempre se trata de un simbolismo que expresa una lucha de opuestos: un simbolismo de ascensión frente a una realidad filistea y kaftkiana; un anhelo de plenitud y libertad ante una realidad petrificada en el absurdo, prosaica y áspera. Y todo esto es muy romántico. Baudelaire decía: "El romanticismo es una bendición celestial o diabólica a la que debemos estigmas eternos". Y Rubén Darío: "¿Quién que es no es un romántico?". Así pues, Romanticismo y condición humana, ligados para siempre; y huelga decir que entendían por Romanticismo: la "conciencia desgraciada" ( Hegel), la desazón intima, el sentimiento de destierro, las ansias de plenitud, el rechazo de la realidad; "estigmas eternos", la antítesis cernudiana de la "realidad y el deseo". Rouseau en la "Nouvelle Eloise" afirma: "el país de la ilusión es el único del mundo que merece ser habitado", y fundaba el espíritu romántico. ¡Qué desprecio de la realidad circundante, qué ansias de elevación! Después vendrían los prerrafaelistas, los simbolistas de fin de siglo, Rimbaud, los surrealistas, hijos todos del mismo linaje. Y Kafka acabó de redondear el dibujo de la vida cotidiana. Pero antes, ya Don Quijote "vive" de esa ilusión, Don Quijote en quien los románticos vieron un antecedente de sus propias ansias. En la pintura de Carolina Ferrer hay mucho de todo esto, de esa resistencia, estos rechazos, estos anhelos. Por eso la suya es una propuesta ética: nos recuerda que hay que decir no, que hay que aspirar a otra vida, que hay que "cambiar la vida", como Vladimir y Estragón en "Esperando a Godot", como Sísifo, aun sabiendo que es imposible. Como Tántalo. Y esta es una tarea del oficio de vivir. En lo tocante al otro aspecto que nutre la pintura de Carolina Ferrer, la filosofía existencialista, María Zambrano resume bien en estas dos frases páginas y páginas de Sartre, Heidegger, Camus...: "Ni estamos acabados de hacer, ni no es evidente lo que tenemos que hacer para acabarnos; no está prefijado cómo hemos de terminarnos a nosotros mismos". Y en consecuencia, sigue la filosofía malagueña, el hombre ha de hacerse su propia vida, a diferencia de las plantas y del animal que la encuentra ya hecha y que sólo tiene que deslizarse por ella, al modo de como el astro recorre su órbita, dormido". Y más esencial aún, Antonio Machado, anticipándose a todos estos pensadores del existencialismo europeo había dicho: "Caminante, no hay camino, se hace camino al andar". Y esa es la otra tarea del oficio de vivir, inventarse el camino propio que haga de la vida personal, algo digno, auténtico. Este otro imperativo ético de esta pintura moral, de ahí ese simbolismo de mutación, de transito ( puertas, escaleras, pasillos...) que expresan la precariedad ontológica del ser humano, la vida humana como un dejar de ser, como incertidumbre y zozobra, como aspiración a ser, nunca como ser pleno. Tarea esta igualmente abocada al fracaso, pero obligación y necesidad humanas. Y, así mismo, la técnica empleada por Carolina Ferrer, de factura impecable, que proporciona a sus cuadros un brillo que nos remite al de la fotografía contribuye a expresar esa fugacidad de la vida como sucesión de instantes, de instantáneas: ser en el tiempo. Y es brillo de espejo el de estos cuadros, porque estos cuadros reflejan la condición humana, nos reflejan a todos en nuestro vivir, como dice María Zambrano en la cita que encabeza este escrito. Carolina Ferrer viene diciéndonos estos últimos años que el oficio de vivir consiste en inventar cada uno sus caminos para llegar a la ciudad dorada de la plenitud y la libertad. Y que en esto reside la dignidad humana, en ese anhelo. Y como le dice Don Quijote a Sancho: "No podrán quitarnos la gloria del empeño".
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