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Diputación Provincial de Cádiz |
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Divagando sobre
los caminos iniciáticos de Carolina Ferrer
Juan Angel Blasco Carrascosa |
| "Quod vitae sectabor iter?" (¿Qué camino tomaré en la vida?) Décimo Magno Ausonio Desde hace años sigo con atención la apasionada entrega a la producción pictórica de Carolina Ferrer. Y si bien a lo largo de este tiempo su repertorio iconografico iba variando a medida que su inquietud le impulsaba a renovadas exploraciones, no es menos cierto que en cada una de sus entregas latía un entusiasmo tal, paragonable al confesado por Friedrich Hölderlin: "Cada día salgo para uns busqueda nueva". Es, a mi juicio, en esa indómita voluntad inquiriente orientada al alumbramiento de nuevas fórmulas de lenguaje plástico, donde radica el venero del que ha aflrado una trayectoria tan intensa como - ya por fortuna - reconocida. Porque nuestra autora, al igual que le ocurre al iniciado, vive su propia experiencia como una epopeya espiritual. Sabido es que, en ocasiones, la iniciación se asimila a una busqueda o un viaje, y justamente del viaje entendido como metáforade fuente de conocimiento de lo que trata su última serie: "El inventor de caminos". (Platón, en el Fedro, señalaba que en el estado de entusiasmo el alma se encuentra en trance). Estamos ante unas obras pintadas durante el presente año, retomando elementos que formaron parte de las series anteriores -"El oficio de vivir" y "La ciudad dorada"-. En cada una de ellas se ha repristinado el deseado caracter enigmático, la nota de inquietud surrealizante, la creación de una atmosfera que provoca zozobra. Carolina Ferrer, al configurar espacios artisticos en los que puede darse un toque emocional con la própia experiencia, recrea una escenografía irreal mediante la calculada disposición de elementos claramente reales. Pues sus personajes fragmentados, pisadas, sombras, maletas, escaleras, libros abiertos, huellas, flechas, letras, signos de interrogación..., tan nítidamente pintados, contribuyen - por contraste - a imantar nuestra mirada hacia esas ambientaciones contradictorias, absurdas a veces. AL hilo de la intranquilidad que de estos cuadros se desprende, adquiere pleno sentido aplicar aquí aquella "curiosidad estética" de Baudelaire: "lo bello es siempre raro". No quisiera, empero, ceñirme exclusivamente al anclaje tematico de las pinturaas y al entramado conceptual que proyecta la obra. A nadie se le escapa que el leit-motiv de esta muestra - el itinerario del caminante, sus dudas y vacilaciones, los callejones sin salida y los trasiegos de ida y vuelta, etc..., adquiere significación estética por su disposición plástica y por su cuidada factura. Precisamente en un momento en el que se justifican los acabados defectuosos por mor de las inestabilidades isostáticas propias de nuestra civilización posmoderna oscilante y sin rumbo, debe resaltarse que una obra como la que comentamos alardea de una perfección técnica envidiable, y que, por ello, el shock visual -y mental- que produce acentúa su propósito de reclamo de nuestra atención. Dicho de otro modo: sin la aplicación de resina epoxy y esmalte sintético sobre la pintura de estas tablas no se conseguiría el resultado estético y conceptual buscado. Si para Paul Souriau: "La belleza es la perfección evidente", estas realidades de ficción servidas por Carolina Ferrer hacen gala de ello, constituyendo todo un reactivo desencadenante de proyecciones visuales activas. Pinturas éstas surgidas del seno de una total contemporaneidad, pues tanto deben a las ideas como a los medios de nuestro tiempo. Carolina Ferrer ha acomaodado su ojo a referencias fotográficas, cinematográficas e incluso publicitarias, a fin de brindarnos a través de sus ordenadas composiciones plásticas en las que el texto refuerza la presencia de la imagen, su juego de estrategias narrativas, manipulaciones iconográficas -fragmentaciones y difuminados, entre otros recursos certificadores del anonimato-, estudiados encuadres e inusitadas perspectivas espaciales. A quien visite esta exposición no se le planteará un recorrido único, lógico, que pudiera enlazar el punto de partida y el final de este deambular con paradas que posibilitará el ajustar la mirada en un principio divagante sobre esos espacios interiores que paracen congelados, detenidos en/por el tiempo. El espectador quedará, en algún momento, ensimismado, paralizado ante cada una de esas evocaciones de un transito dubitativo, silente, suspendido en la duda del camino cerrado, bloqueado ante la contemplación del hermetico recinto arquitectonico, atonito ante la obligatoriedad de seguir la indicación del giro del curso. Más bien al contrario, presumiblemente intentará marcar un ritmo temporal vivencial a sus desplazamientos, sintiendoes impelido a burlar la señal que fuerza a continuar el trasiego en una sola dirección. ( La vida, como el arte y quien sabe si tambien el tiempo, no fluyen por un unico sendero). Pero cuando se sabe que hay caminos todavía no hollados, el viajero impertérrito iniciará nuevas andaduras, correlatos alegóricos que serán del ansia de vivir, de descubrir, de conocer. Y es muy probable que entre ellecciones convictas de la vía a seguir, quiños irónicos sobre la conveniencia de la propuesta y fugas derivadas de miedos o incertidumbres, ese peregrinaje desorientado de la vida remueva los caminos anteriores. ( A este tenor, pensadores de muy diferentes epocas y culturas vienen a coincidir en su planteamiento nodal. Así, Persio, en sus Satiras, sentenció que "Lo que buscas esta en ti. Y no preguntes a otros sino a ti mismo". Y nuestro Ortega y Gasset, en Apuntes sobre el pensamiento, se reafirma en el mismo sentir: "Busacar es una extraña operación: en ella vamos por algo, pero ese algo por el que vamos, en cierto modo, lo tenemos ya"). Si todo camino es un proceso interior, subjetivo, experiencial, eso a lo que llamamos el futuro -cada meta o hito del sendero- se convierte en un reto, un movil para la conquista, el resorte propulsor hacia ese arte por conseguir, el triunfo de alcanzar aquello que todavía no es. De las dificultades y riesgos de este tipo de aventuras ya lo advirtio Séneca en el Hercules furens: "El camino de la tierra al cielo no es blando". Carolina Ferrer lo sabe, y lo transmite con su peculiar universo plástico, en el que se pone de manifiesto la exteriorización de niveles de conciencia fluyentes de una recreación de intimas vivencias.
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