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Diputación Provincial de Cádiz
Fundación Provincial de Cultura
SALA RIVADAVIA

Carmen Bustamante
aMAR

     

    

Introducción 2

Juan José Tellez Rubio

         
          

El mar es un tipo intratable: a menudo, se convierte en tempestad, devora a los hombres o apresa a las sirenas. Y participa de esas creencias por las que hay individuos que se niegan a que les fotografíen: puede perder su alma, si alguien logra retratarle, copiarle al natural, retenerle sobre un lienzo, hacerlo creíble en eastmancolor. Lo intentaron Turner y Cecil B. De Mille, con resultados apreciables pero que no dejaban de ser vanos apuntes de un retrato robot.

El mar juega a ser interminable y, como el resto de los dioses, absoluto, irrepresentable en todas sus dimensiones: nadie, salvo él, puede contener recuerdos olor a brea, salitre y civilizaciones en el mismo cupo, algas feroces y escualos apacibles. La obra de arte que juegue a contenerlo en todo, fracasará: no es posible, todavía, reproducir la humedad o imitar la bruma, el vaivén del agua contra la quilla, la tijera de una chalupa que atraviesa el tejido de las corrientes sumergidas. Por ello, esta tal Carmen Bustamante, que no sólo tiene talento sino que es sabia, lleva años rehuyendo el combate cuerpo a cuerpo contra ese gigante de coral y misterio. Prefiere fajarlo, atacarle el hígado de una playa, castigarle sus dunas, arrinconarle contra las cuerdas de un estero.

Pero ella, en su estudio gaditano del Mentidero, es mucho más que una autora de marinas. Ama el mar, claro es, pero siente desconfianza: traicionero por costumbre, Carmen Bustamante recela de su engaño. Así que prefiere tratarle como a un conocido con el que no se logra nunca amigarse del todo. Coquetea con los embarcaderos, se aficiona a los arrecifes o acaricia, en su presencia, al primer faro que se le ponga por delante. El mar estará cerca, pero la pintora le desplanta, le ata en corto, pretende retener un breve episodio de sus bajamares que soñar con dominarlo, por imposible.

Ahora, nuevamente en Cádiz, vuelve a exponer sus visiones marinas: "Mis cuadros son ventanas", opina con certeza. Sus cuadros son habitaciones con vistas, que se orean a veces desde el trampantojo de un ventanal o, a través de sus adecuados ojos de buey con los que ahora ensaya un nuevo formato para contemplar a ese océano transeúnte que tanto le fascina. Y es que el mar, como el fuego o como la música, ejerce no poca hipnosis sobre sus espectadores. Así, con su lastre de memoria de sensualidad, hace mucho que hizo a Carmen Bustamante cautiva de su secta.

Ella cree que es libre, ensaya nuevas perspectivas, políticos cuya última pieza se empeña en demostrar que el lienzo en blanco puede ser arte, sin que ningún pintor tenga que suicidarse por semejante albur: " Esta es una pintura zen ", bromea. En un tríptico, un embarcadero se va hundiendo entre los escollos de una extraña, fantasmagórica, superficie albina. El mar, en su caso, a menudo no es más que la cabeza del perro de Goya y la Bustamante juega con la arena de la playa, levanta sus propios castillos en el aire de la materia plástica y congenia el mito apolillado de la abstracción con una meticulosa reflexión sobre el realismo. En otras ocasiones, el mar son las estrellas o la luz que va y viene, en distintos momentos del día, sobre una boya perdida en plena mar o sobre los difusos contornos del Faro de las Puercas. Aparece Cádiz, también, porque es parte del mar, un paquebote varado en la historia, con ese melancólico aire de los desguaces.

Pero, esta vez, Carmen Bustamante ha ido demasiado lejos: abofetea a su amante, le baja del pedestal de la soberbia y le demuestra que no es todopoderoso. Le fustiga con tendidos eléctricos, con un horizonte de agresivos edificios o con los pilares poco románticos del puente Carranza. Sólo le salva en la delgada línea de sombra que son las sutilezas: ese brevísimo resplandor al filo del horizonte que pudieran ser las luces de alguna ciudad remota, o la última frontera de ese juego entre el gato y el ratón que la pintora y el mar llevan manteniendo desde hace mucho. Ojalá que ese desenlace anunciado no sea el morir sino un final con beso.