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Diputación Provincial de Cádiz
Fundación Provincial de Cultura
SALA RIVADAVIA

Rafael Alberti,
maestro de poetas

     

    

 

Jesús Fernández Palacios
COMISARIO DE LA EXPOSICIÓN

         
        

 

El enunciado de esta semblanza, si bien parece dar noticia de una sóla de las facetas artísticas de Rafael Alberti (El Puerto de Santa María, 1902-1999), también es cierto que está señalando su condición más emblemática y universal. Mas no sólo cabría hablar aquí del poeta, si queremos confugurar el perfil más completo del artista. Se hace necesario, además, aproximarnos al prosista, al dramaturgo y al pintor, pues las tres son también destacadas identidades de su personalidad creadora.

Así pues, vayamos por partes. Primero el poeta, el poeta que durante más de setenta años, desde sus primeros poemas ultraistas hasta los más recientes, escribió y publicó una obra extensa, rica y variada, que es referencia indispensable en todas las antologías y estudios de la poesía hispánica de este siglo. Desde Marinero en tierra (1924) hasta Canciones para Altair (1989), unos cuarenta títulos conforman la bibliografía poética albertiana, que se caracteriza por su pluralidad de estilos y temáticas, y por eso es susceptible de ser compartimentada en etapas definidas y distintas.

Indiquemos, en primer lugar, su etapa neopopular vinculada a la tradición cancioneril, que abarca, precisamente, desde el mencionado Marinero en tierra hasta El alba del alhelí (1926), con preferencia de temas autobiográficos relacionados con el mar y la naturaleza. Señalemos una segunda etapa, la gongorina, representada magníficamente por su libro Cal y canto (1926-27), donde el poeta aborda una temática contemporánea. Mencionemos su etapa surrealista, cuyo paradigma bibliográfico es Sobre los ángeles (1929), una de sus obras más valorada por la crítica y, tal vez, la cima de su poética. Digamos, seguidamente, que la poesía de Alberti cambia en 1931 y que el poeta sale a la calle y escribe versos sobre los muros, iniciando así su etapa más comprometida civil y políticamente, en sintonía con las causas repúblicana y comunista antes y durante la Guerra Civil española, cuando Alberti, urgido por las circunstancias, escribe y publica poesía de agitación para las masas populares, sin perder -eso sí- su carácter visionario, su gracia ni su cromatismo caracter´´isticos. Y a partir de entonces, su etapa del exilio: desde 1939 a 1963 en Argentina, donde escribió y publicó varios libros (Entre el clavel y la espada, Pleamar, A la pintura, Retornos de lo vivo lejano, Baladas y canciones del Paraná y, con motivo del trimilenario de Cádiz, Ora marítima, en 1953); y desde 1963 a 1977 en Italia, de cuyos años anotamos Abierto a todas horas, Roma, peligro para caminantes, Los ocho nombres de Picasso y Canciones del alto valle del Anienne, entre otros. Finalmente, y como es fácil de recordar, Alberti regresó a España en 1977 con la restauración de la democracia y, además de integrarse plenamente en la vida del país, siguió escribiendo y publicando libros de poemas, tales como Versos sueltos de cada día, Accidente (Poemas del hospital), Los hijos del Drago, y Canciones para Altair, los dos últimos de tema amoroso y erótico.

En cuanto a su condición de prosista, desde que publicó su primer trabajo en la revista Alfar (La Coruña, 1924) hasta sus últimas colaboraciones en prensa, cientos de páginas jugosas confirman ese reconocimiento que hiciera en su día el propio Alberti otorgándole a la prosa la misma importancia que al verso. De ahí, tal vez, que el profesor Robert Marrast se decidiese a pedir en su momento "que se le incluya también entre los mejores y primeros prosistas españoles en lo que va de siglo".

Aparte de sus numerosos artículos, conferencias, prólogos de ediciones (sobre Fray Luis de León, Quevedo, Lope de Vega, Almotámid y varios más), aparte de sus memorables textos sobre Picasso y de los que dedicó en Imagen primera de... (1940-44) a Lorca, Juan Ramón Jiménez, Antonio Machado, Valle-Inclán, Gorki, Gide, Falla, etc..., aparte de todo eso que suponen muchas páginas estupendamente escritas, su obra en prosa por antonomasia es La Arboleda Perdida, que recoge en cinco libros la autobiografía del insigne escritor.

Sobre su teatro debemos reconocer que, por diversas razones, no ha disfrutado del mismo nivel de aceptación que su poesía. Sin embargo, ese teatro concilia admirablemente su profunda identidad personal con su respuesta activa ante la dinámica historia de España. Cada tiempo vivido por Alberti tuvo su respuesta teatral. Así, de la dictadura de Primo de Rivera surge El hombre deshabitado, cuyo estreno en febrero de 1931 terminó con el grito de "¡Muera la podredumbre del teatro español!"; del entusiasmo republicano, su romance de ciego Fermín Galán; de la efímera consolidación de la II República, aquellas primeras farsas tituladas Bazar de la providencia y Farsa de los Reyes Magos, ambas escritas con intención electoralista; de la Guerra Civil, su versión de la Numancia cervantina y su Teatro de Urgencia; de su primera etapa argentina, El adefesio y La Gallarda; con posterioridad, su Noche de guerra en el Museo del Prado y, en 1963, su versión de La lozana andaluza. El capítulo se cierra con la concesión del Premio Nacional de Teatro, en 1981, y el estreno y reestreno de algunas de sus obras, como gestos, tal vez un poco tardíos, del reconocimiento que Alberti merece en este género por haber contribuido a la renovación del teatro español.

Y por último, también muy brevemente, su faceta de pintor, pues no podemos olvidar que Alberti nació al arte con la pintura. Mucho antes que escritor quería ser pintor, y eso se sabe no sólo por sus innumerables dibujos, óleos, acuarelas y grabados realizados a lo largo de su fecunda vida, sino también por su misma obra poética, que es la obra de un pintor que se vale de la poesía para tributarle a la pintura el mayor de los homenajes. Esto es así y para corroborarlo ahí está su libro A la pintura (1945-1952) con hermosos poemas dedicados a los grandes pintores universales de todas las épocas, desde Giotto a Picasso, así como a los distintos elementos (la retina, la mano, la paleta, etc...) y colores (amarillo, verde, negro, etc...) que intervienen en la creación plástica. Y no olvidemos tampoco su obra Los ocho nombres de Picasso (1966-1970), dedicada íntegramente al genial pintor. El mismo que un día estampó la siguiente dedicatoria: "del poeta Pablo Picasso al pintor Rafael Alberti".